Atacama · Hospedaje
El desierto que no es desierto
En Atacama el lujo no es la piscina: es un guía que lee el salar, un cielo que no admite comparación, y tres noches que no alcanzan.
Camila Ríos
Chile y Patagonia·Junio 2026·8 min

San Pedro de Atacama es un pueblo de adobe que el turismo hinchó y no terminó de romper. Las calles se llenan a las once de grupos que van al Valle de la Luna con el mismo guía y la misma foto. El destino no es el pueblo. Es el salar a las siete, los géiseres del Tatio a las cuatro de la mañana —un horror y una maravilla—, y un cielo austral que no se describe sin caer en el folleto. Dormir, aquí, importa más que en casi cualquier otro lugar de esta revista.

Tres maneras de habitarlo
Explora Atacama es el desierto como expedición. La tarifa incluye las comidas, los vinos chilenos y las salidas diarias con guías que llevan años leyendo el salar. No es un spa con vistas: es un lodge de exploración que resulta ser muy cómodo. Las habitaciones dan al Licancabur. Tres noches son el mínimo; cuatro empiezan a ser un viaje.
Awasi es otra tesis: doce villas, cada una con guía propio y un 4x4. El ritmo lo pone el huésped, no el group departure. Más íntimo, más caro, más silencioso. Tierra Atacama resuelve el cuerpo —el spa, la piscina de agua del desierto— para quien ya hizo el circuito y quiere quedarse quieto al atardecer.
El lujo del Atacama no es el hilo de las sábanas. Es que alguien haya pensado la hora a la que sale el grupo.
Se puede armar el mismo desierto desde un hostal del pueblo, con una agencia de la caracola y un picnic. Sale más barato y se nota: en la hora, en el grupo, en el almuerzo de sándwich. No es un pecado. Es otra categoría. Lo que no se improvisa es el cielo. Un observatorio chico —Hay Wasi, SPACE— vale más que otra salida al valle al atardecer, que ya se tiene.
Guía de Atacama.